Agenda/Cine

Festival de San Sebastián 2013: la intensidad de Gravity, la crudeza de Pelo malo, la hilaridad de Tavernier

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por Miguel Muñoz. Fotografías de Carmen Lucas-Torres

 

El Teatro Victoria Eugenia ardió de euforia colectiva expresada en una sonora ovación, uno de esos momentos que nace de la convicción de haber visto algo que pasará a la Historia del cine. El culpable fue Alonso Cuarón y Gravity, nuevo miembro del grupo privilegiado de obras que van por delante de su tiempo. Hicieron falta unos pocos segundos tras su primer pase en San Sebastián para que la concurrencia ya supiera lo que había visto. Gravity es, ante todo, una experiencia de intensidad plena. Noventa minutos en crescendo sobre los padecimientos de unos astronautas perdidos en pleno espacio exterior, en los que cada elemento está milimetrado al servicio de la plena involucración emocional de la platea: el oficio de Cuarón con los planos-secuencia, esta vez con el reto añadido de simular la gravedad cero; la fuerza del guión y su capacidad para crear paralelismos entre los escenarios y la evolución personal de su protagonista; las innovaciones tecnológicas que ha tenido que inventar para poder simular el movimiento de los astronautas; y el inmenso trabajo de Sandra Bullock, que añade un papelón a su carrera.

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Pero más allá de la unanimidad hacia Gravity, presentada dentro de la sección Perlas del festival, la lucha por la Concha de Oro continúa. Entre la concurrencia domina la sensación de que Pelo malo, de la venezolana Mariana Rondón, rascará al menos un premio importante. Tanto por lo propicio del momento para premiar al panorama latino, como por méritos propios. Rondón se sirve de una pequeña historia de los suburbios de Caracas para sugerir un retrato mucho más amplio de Venezuela, que pide al espectador un esfuerzo para abarcar su profundidad. El peso de la religión y la política, la violencia callejera y la fuerza de los dogmas sociales se respiran en la trama de la madre que desprecia a su hijo por su obsesión de querer alisarse el pelo. Para el recuerdo queda también la genialidad del niño protagonista, Samuel Lange. Y líneas de guión tan contundentes como la que le dedica a su mejor amiga: “Tranquila, a ti nadie te va a violar. Estás muy gorda”.

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El maestro francés Bertrand Tavernier ha aportado lustre al cartel con Quai d’Orsay. Sátira política a ritmo endiablado basada en la figura de Dominique de Villepin y su oposición a la Guerra de Irak. Arranca las carcajadas sirviéndose de un ritmo endiablado, unos gags visuales que remiten al mundo del cómic, un guión brillante, y un soberbio reparto del que sobresale Thierry Lhermitte en el papel protagonista y su manera de interpretar con solemnidad a un personaje tan caricaturizado, aunque a la vez elogiado por el efecto de sus acciones.

Peores sensaciones ha dejado Oktober November, la apuesta del austriaco Götz Spielmann en la Sección Oficial. Un drama familiar que coquetea peligrosamente con los códigos del telefilme de sábado por la tarde. Tampoco The railway man, una historia sobre un veterano de la Segunda Guerra Mundial con heridas por cerrar, levanta pasiones. Solo el infalible Colin Firth destaca en una cinta a la que le pesa demasiado el cartel de “Based on a true story”, que no es suficiente para evitar la sensación de que ya hemos visto muchas de sus escenas. Aunque la mayor decepción del programa oficial viene firmada por un Atom Egoyan en horas muy bajas. Devil’s knot, de nuevo una historia real protagonizada por Colin Firth, cae en los peores vicios del docudrama sobre un asesinato que conmociona a un pequeño pueblo.

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La otra apuesta latina de la Sección Oficial ha sido la mexicana Club sándwich. El retrato de una relación madre-hijo adolescente que pasan unos días de temporada baja en un hotel de veraneo. Lejos de la crudeza de Pelo malo, el director Fernando Eimbcke opta por un tono ligero y sin ornamentos, aspirando a unos golpes de humor seco que tardan demasiado en llegar. En su búsqueda de la naturalidad, la historia se le queda tan corta a Eimbcke que consigue que una película de 80 minutos le sobre metraje. Por su parte, David Trueba se encargó de darle lustre a la representación española con Vivir es fácil con los ojos cerrados (un verso de la inmortal “Strawberry Fields Forever”), el viaje a Almería de un profesor de inglés en la España de los años 60 para conocer a John Lennon, que rueda allí una película. Por el camino recoge a dos adolescentes que han escapado de casa, y de ahí surge una especie de road-movie de corte neorrealista, con todo lo bueno que sugiere el adjetivo. Trueba tiene una enorme facilidad para darle gracia, encanto y color al conjunto, concebido con la pretensión de sacarle sonrisas al espectador. Y de paso construir un fuera de campo a medio camino entre la amenaza y la esperanza de un futuro mejor. El de la España de los curas, los grises y los prejuicios sociales inamovibles.

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