Cine

Kore-eda: “Me recomendaron que me casase y fuese padre para poder filmar bien lo que es una familia”

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Por Miguel Muñoz

Hirokazu Kore-eda sigue labrándose su reputación como uno de los directores más especiales del panorama internacional. El japonés pasó por España para presentar su última película, De tal padre, tal hijo, y la retrospectiva que le dedicó la Semana Internacional de Cine de Madrid. Este puede haber sido su gran año en la vieja Europa, la que no deja de proclamarle heredero de Yasujiro Ozu por sus historias de temática familiar sobre la clase media de su país. Aunque él aclara que no se siente especialmente influido por el maestro, que su obra responde más a las dudas que él mismo se plantea sobre su propia vida que a un afán por retratar a la sociedad nipona. La lectura sobre la paternidad y el valor de los lazos afectivos frente a los sanguíneos que plantea De tal padre, tal hijo, que llega este viernes a las salas españolas, viene avalada por el Premio del Jurado con el que salió de Cannes y el Premio del Público en San Sebastián. De hecho Steven Spielberg, presidente del jurado en el certamen francés, quedó tan entusiasmado con el filme que le ha comprado los derechos para rodar un remake.

¿Le dijo Spielberg qué es lo que le había gustado tanto de la película?

Seis meses después de Cannes, me aseguró que aún mantenía la emoción que sintió en el momento de verla por primera vez. Me felicitó por mi trabajo con las interpretaciones de los niños, y dijo que le había impresionado la forma en que el personaje del electricista golpea al protagonista con algunas frases. Ah, y me prometió que el concepto de la familia como tema central era intocable para él.

En su filmografía hay unas cuantas aproximaciones al tema de la familia, pero siempre desde un punto de vista diferente. Ha pasado por la mirada del hijo adulto en Still Walking (Caminando), la del niño en Kiseki (Milagro), y ahora del padre. ¿Ha ido esto en paralelo a su propia vida?

Sí, para mí ha sido una evolución natural. Pero aquí hay una historia muy curiosa. Cuando estaba rodando Still Walking, la actriz Kiki Kirin me dijo que hay muchos directores solteros en Japón, pero que si iba a grabar una película sobre la familia, me recomendaba que me casase y fuese padre. Me dijo que si luego tenía que divorciarme o surgían problemas familiares eso era lo de menos (Se ríe). Porque para poder describir lo que es la familia, tenía que haber experimentado todos sus roles. Desde que me aconsejó aquello me he casado, he tenido una hija… y ahora creo que tenía razón.

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Comparando el tono tan duro de Nadie sabe (2004) con ese toque de optimismo que hay en las dos películas que ha hecho desde que fue padre (Kiseki y De tal padre, tal hijo), ¿es posible que tener a su hija le haya vuelto menos melancólico?

Pues hay mucha gente que me lo dice. Y sinceramente, si no hubiese tenido a mi hija no creo que hubiera rodado estas dos películas. Aún así, yo no me considero una persona melancólica, y tampoco creo que mis obras anteriores fuesen quejas sobre lo harto que estoy de vivir y todo eso.

Hablando de eso, ¿qué es lo que le mueve a hacer películas?

Para mí es una afición que se ha convertido en profesión. Porque cuando estaba en la universidad, lo único que me gustaba era ver películas. Sonará poco serio, pero para mí el cine sigue siendo eso, una afición que es divertida.

¿Puede ser que estas razones hayan cambiado con el tiempo? Lo digo porque en su filmografía hay cosas más arriesgadas, como Air Doll o After Life, que contrastan con la sencillez de sus películas familiares.

Sí, puede ser que en mis inicios mi gran preocupación fuese preguntarme sobre el significado que tiene el hecho de hacer una película. Y es algo que ha cambiado. Para mí sigue siendo importante, pero ya no lo enfoco de una manera tan metafísica como entonces. Ahora mismo lo que trato de hacer es mostrar de la forma más sincera mis preocupaciones sobre mi propia vida.

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Llama la atención ese contraste que hay en su cine entre la carga dramática que tienen las situaciones frente al tono tan plácido que usa para contarlas. ¿A qué se debe?

La verdad es que no pretendo buscar ese tono… (Se para a pensar unos segundos) Pero sí, puede ser que la forma de contarlas provoque algo así. Porque aunque mis películas describan un acontecimiento determinado, lo que a mí más me interesa es mostrar a las personas que han sido afectadas por él. Mostrar cómo cambia la vida habitual de esas personas, más que seguir al pie de la letra el acontecimiento.

Por ejemplo, en De tal padre, tal hijo hay una escena en la que uno de los niños intercambiados va a trasladarse dentro de poco a vivir con la otra familia. El niño entra en el baño, se baña con sus padres, corre por los pasillos, y después la madre le seca el pelo. Y en ese momento, lo que más le importa al niño es que le molesta el calor del secador. Él no sabe que se va a marchar de su casa, pero la madre sí. Los dos viven de forma muy distinta el mismo acontecimiento: para la madre es una modificación enorme de la rutina, mientras que para el niño es un día como otro cualquiera. Esa es la forma de contar un acontecimiento que, para mí, mueve más las emociones. Mucho más que forzando un tono triste o recurriendo a las lágrimas.

¿Le sigue interesando la familia como cineasta?

Sí. Ahora mismo estoy revisando un guión que me gustaría rodar el año que viene, y también es de temática familiar. Aunque en este caso trata de un matrimonio que se ha divorciado. Espero que yo no tenga que experimentar eso para poder contarlo… (Se ríe)

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